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Author: Darío Luque Martínez

Una gota de sudor resbaló por la frente de Miguel Ángel y se fundió con sus pecas. Era agosto, por fin; ese mes que uno siempre ansía pero que nadie llega a ver en el calendario. Desaparece, como las moscas en los pueblos de la España profunda al irse los turistas. En el piso de abajo lloraba un niño cuyo berrinche gutural ya era música para los oídos de la comunidad. Nadie se quejaba, nadie podía proferir un insulto o una vana acusación, nadie se atrevía a interrumpir la calma embravecida de un verano español.

Este año no será diferente se dijo Miguel, que siempre había repudiado su segundo nombre. Al llegar el verano, estuviera donde estuviera, él siempre revivía su infancia. La única innovación de este agosto iba a ser la camisa de lino -como ésas que su madre le solía comprar y él se negaba a vestir- arremangada hasta el hombro en un intento de modernizarse. El resto era parte de la tradición: un bañador de piscina bajo las bermudas, un sombrero de paja que le habían traído de Marruecos y unas sandalias negras.

Se sentía satisfecho al ver lo poco que necesitaba para ser feliz en verano. Así, armado con su ya tradicional vestimenta, se iba al piso de abajo y ahí recogía a Martín, de dos años, y a Lorena, de tres. Juntos emprendían un largo camino hipérbole que a los niños les encantaba, aunque eran no más de dos calles hacia la playa, donde Miguel se convertía en otro niño más y jugaba con sus nietos. Mañanas enteras en las que los vecinos amaban el silencio del bloque y los playeros disfrutaban de las risas de los niños. Mañanas hechas de sudor, agua salada y olores de infancia. Y es que sólo Miguel sabía que, en verano, hasta un hombre de 70 años, como él, puede volver a ser niño.

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