Post info

Etiquetas:


Comments 0


Author: Darío Luque Martínez


Me olvido de la insinuación decadente que causa una luz mortecina nacida más allá de sus hombros. Ya no tengo ojos para el estampado rítmico de la sábana ni para lo que se encuentra en su exterior. En mi presente, unas blancas telas delimitan el mundo. Mientras tanto, el ambiente se retuerce con sinuosos y ágiles movimientos al ritmo de la voz de Céline Dion: «Je te jetterai des sorts pour que tu m'aimes encore».

Beso sus labios con el mismo cariño que me gustaría recibir en un beso de miel y azúcar. Su cabello juega entre mis dedos como madreselvas becquerianas y no puedo evitar el deseo de ser aquella golondrina que nunca se vaya. ¿Sería capaz de abandonarla? Ya no tengo claro si quiero permanecer siendo su amante o su sombra.

Mis manos recorren su silueta -cuerpo vacío, sólo contornos, líneas, un jarrón sin agua-. ¿Será aquí donde acaba el mundo y empieza la nada? Llueve, llueve a cántaros, diluvia en el fondo de mi alma. Susurro un silencio que ella oye con calma. «Hazlo» me dice, con una voz a medio camino entre la lujuria y la advertencia. No me molesta su tono, ni su mirada decidida, ni su sonrisa traviesa; lo que más irritación me provoca es que sé a qué se refiere. Esta comunicación tácita me obliga a obedecer.

«¡Clic!» musita el sujetador cuando lo desabrocho con maña. A continuación, se desliza él solo atravesando un continente entero hasta aterrizar sobre el colchón. Agacho la cabeza con la intención de contemplar el cadáver exangüe de esa prenda robada, pero la mirada se desvía hacia el caótico caminito de ropa que decora la entrada de la habitación. «La pasión nos desnuda a la fuerza incluso cuando queremos vestir eternamente un hábito» reflexiono.

Ella sola se quita la última prenda -manzana prohibida- sin permitir que mis dedos ayuden en su último recorrido. Y se queda ahí, sentada sin vida sobre un colchón inánime en una habitación estática. El mundo se ha detenido y ahora es el tiempo quien grita su necesidad de acción. «Aguarda, querido» le respondo «porque acabo de descubrir que me he vuelto a desnudar».

Permanezco sentado en el borde de la cama durante un par de horas más, contemplando mi otro yo, ese ser irracional que me ha deseado y que ha sido el objeto de tantas fantasías. Como siempre, vuelvo a sucumbir a mi obsesión por encontrarme en todas las miradas. Los ojos, que deberían ser el reflejo del alma, son utilizados como espejos por las personas solitarias y sin estima. Todos, en el fondo, queremos vernos, encontrarnos y querernos desde una visión externa. Quizás rompemos la interna demasiado pronto…  

0 comentarios:


Publicar un comentario