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Author: Darío Luque Martínez


Jamás supe su nombre, de manera que lo llamé Aleixandre. Una de mis mayores aficiones, desde que aprendí a utilizar con agilidad mis cuerdas vocales, había sido siempre actuar como el censor de mi propia película. ¿Tú te llamas Manuel? le decía a un muchacho de constitución robusta que sólo me respondía con afirmaciones lacónicas. ¡Pues ya no! Ese nombre trae reminiscencias de un poeta falangista al que nunca he tenido en mucha estima; a partir de ahora te llamarás Antonio, como su hermano. Quería creerme Dios, y cierto es que, nominalmente, lo era.

Mi primera palabra, por extraño que parezca, no fue la típica de “mamá” o “papá”. Yo, riendo jocosamente, me dirigí a mi progenitora, con la inocencia que caracteriza a todo niño en sus primeros años de vida, y la sentencié: “mapamá”. Desde entonces, siempre la llamaría así. A mi padre, que en paz descanse, también le cambié el nombre: “pamapá”. Ellos, en aquel momento, se reían igual que se ríen todas las familias de esas tonterías innatas que hacen los bebés. Lo que no sabían era que aquellos nombres ya no se borrarían de mi cabeza y me acompañarían durante toda la vida, hasta despedirlos en la tumba. Poco a poco, cada palabra que aprendía la deformaba hasta adaptarla a mi propio diccionario. ¡No, mapamá, eso no es un perro, es un guaburrum! ¡Y eso no es una escuela, es una alfarabía! ¿Me compras un coligio, en vez de un helado? ¡Hoy he aprendido a estraflar, lo que tú llamas escribir!

A los 15 años, ya tenía la colección de palabras inventadas más grande del mundo. Cuando alguien lo comentaba con su típico tono irónico, yo reprochaba: ¿pero acaso no son todas las palabras inventadas? Y así los dejaba en una reflexión existencial de carácter prácticamente nitzscheano.

Obviamente, todo el mundo me creía loco. Nadie me entendía cuando me expresaba con mi propio vocabulario, pero yo me negaba a hablar en sus idiomas convencionales y arbitrarios. Las personas que debían tratar conmigo asiduamente (mis familiares, profesores, etc) se elaboraron un diccionario impreso para poder descifrar cada mensaje que partía de mi boca o de mis manos, en un intento desesperado por entender la comunicación. Todo el mundo me rechazó siempre; al principio, algunos incluso mostraban curiosidad, pero poco después iban alejándose, al mismo tiempo que me miraban con desprecio desde la lejanía.

Sin embargo, él fue la única de mis creaciones que jamás renegó de la esencia que le otorgué. La primera vez que lo vi, en la biblioteca Jaume Fuster, pensé que era más guapo de lo que podía permitirse. Entraba, en mi clasificación aristotélica, dentro de ese grupo de chicos que explotan su belleza corpórea hasta sobrepasar sus propias posibilidades. Al pasar frente a mí, su mirada cerúlea recorrió mi silueta con parsimonia; sin prisa, pero tampoco con calma. No negaré que lo que más me llamó la atención fue una sonrisa de superioridad en la que sus colmillos reían más que su propia boca. Me gustó.

Cuando tuve la oportunidad de conocerlo mejor –aún sin haberle interrogado jamás por su nombre-, le asigné el apellido de mi poeta preferido. No suelo pensar racionalmente cuando le atribuyo a alguien una nueva esencia nominal; más bien dejo que esa palabra surja de mi irracionalidad y de mis instintos. Por este motivo, me sorprendió mucho que mi mente lo llamara Aleixandre, y así mismo se lo comenté. El ritual que acostumbro a seguir para la formación de cada palabra es tan trivial como la reproducción humana: las únicas irregularidades que puede haber son los juegos fonéticos y semánticos (aquí un hiato, en ese otro una aliteración y aquél con una pequeña metáfora), que tanto placer me transmiten. El mejor orgasmo morfológico se consigue con esos minúsculos juegos retóricos.


Quizás mi mente, en aquel momento, buscó conectar un placer físico con uno lingüístico. Y quizás eso actuó como catalizador del amor. “Si yo escribí «Se querían», tú tendrás que escribir «Las Nanas de la cebolla»”, afirmó con una sonrisa pícara y pueril. Hasta ahora, él ha sido la única persona que se ha atrevido a bautizarme, y con ello me ha enseñado lo bonito que es el mundo de la nomenclatura. Él, Aleixandre; yo, Hernández. Él, Vicente; yo, Miguel. Él, deseo; yo, desesperación. Desde aquel día, he querido atribuirle cada segundo un breve apelativo cariñoso que le cambiara la identidad, con el único objetivo de atraparlo entre mis redes. Pero entonces supe que no sólo quería hacerlo mío, sino que él, con el cambio de identidad, me había hecho suyo.  

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