Una gota de sudor resbaló por la frente de Miguel Ángel y se fundió con sus pecas. Era agosto, por fin; ese mes que uno siempre ansía pero que nadie llega a ver en el calendario. Desaparece, como las moscas en los pueblos de la España profunda al irse los turistas. En el piso de abajo lloraba un niño cuyo berrinche gutural ya era música para los oídos de la comunidad. Nadie se quejaba, nadie podía proferir un insulto o una vana acusación, nadie se atrevía a interrumpir la calma embravecida de un verano español.

Este año no será diferente se dijo Miguel, que siempre había repudiado su segundo nombre. Al llegar el verano, estuviera donde estuviera, él siempre revivía su infancia. La única innovación de este agosto iba a ser la camisa de lino -como ésas que su madre le solía comprar y él se negaba a vestir- arremangada hasta el hombro en un intento de modernizarse. El resto era parte de la tradición: un bañador de piscina bajo las bermudas, un sombrero de paja que le habían traído de Marruecos y unas sandalias negras.

Se sentía satisfecho al ver lo poco que necesitaba para ser feliz en verano. Así, armado con su ya tradicional vestimenta, se iba al piso de abajo y ahí recogía a Martín, de dos años, y a Lorena, de tres. Juntos emprendían un largo camino hipérbole que a los niños les encantaba, aunque eran no más de dos calles hacia la playa, donde Miguel se convertía en otro niño más y jugaba con sus nietos. Mañanas enteras en las que los vecinos amaban el silencio del bloque y los playeros disfrutaban de las risas de los niños. Mañanas hechas de sudor, agua salada y olores de infancia. Y es que sólo Miguel sabía que, en verano, hasta un hombre de 70 años, como él, puede volver a ser niño.

Me acuesto con tu ausencia
para ver si ella también me hace
                 el amor.


Te dije que no comprendía
este puto teléfono
                                               y, sin embargo
me llamaste
en nuestra última noche
                pero
no salieron más palabras;
todo estaba ya dicho.

Quise decirte que jamás
entendí tu libertad
                                               aunque
tú amaste mis alas;
no las de avena y espuma,
                                               sino
aquellas de papel maché
que encubaste con astucia.

Ahora marco números
que ya no me dicen nada,
                                               pero
que antaño lo significaron
todo.
                                               Porque ahora llamo a alguien que ya no ]responderá,
aunque

                                               quedasen tantas palabras en el tintero. 

Dejé de tildar mi nombre y me sobrevino una profunda soledad. Había perdido a mi último amigo: mi acento. 

Tengo un poema en la punta de la
lengua, pero no me sale. Muérdeme,
a ver si me lo quitas o me lo
tiñes de sangre. 

Me olvido de la insinuación decadente que causa una luz mortecina nacida más allá de sus hombros. Ya no tengo ojos para el estampado rítmico de la sábana ni para lo que se encuentra en su exterior. En mi presente, unas blancas telas delimitan el mundo. Mientras tanto, el ambiente se retuerce con sinuosos y ágiles movimientos al ritmo de la voz de Céline Dion: «Je te jetterai des sorts pour que tu m'aimes encore».

Beso sus labios con el mismo cariño que me gustaría recibir en un beso de miel y azúcar. Su cabello juega entre mis dedos como madreselvas becquerianas y no puedo evitar el deseo de ser aquella golondrina que nunca se vaya. ¿Sería capaz de abandonarla? Ya no tengo claro si quiero permanecer siendo su amante o su sombra.

Mis manos recorren su silueta -cuerpo vacío, sólo contornos, líneas, un jarrón sin agua-. ¿Será aquí donde acaba el mundo y empieza la nada? Llueve, llueve a cántaros, diluvia en el fondo de mi alma. Susurro un silencio que ella oye con calma. «Hazlo» me dice, con una voz a medio camino entre la lujuria y la advertencia. No me molesta su tono, ni su mirada decidida, ni su sonrisa traviesa; lo que más irritación me provoca es que sé a qué se refiere. Esta comunicación tácita me obliga a obedecer.

«¡Clic!» musita el sujetador cuando lo desabrocho con maña. A continuación, se desliza él solo atravesando un continente entero hasta aterrizar sobre el colchón. Agacho la cabeza con la intención de contemplar el cadáver exangüe de esa prenda robada, pero la mirada se desvía hacia el caótico caminito de ropa que decora la entrada de la habitación. «La pasión nos desnuda a la fuerza incluso cuando queremos vestir eternamente un hábito» reflexiono.

Ella sola se quita la última prenda -manzana prohibida- sin permitir que mis dedos ayuden en su último recorrido. Y se queda ahí, sentada sin vida sobre un colchón inánime en una habitación estática. El mundo se ha detenido y ahora es el tiempo quien grita su necesidad de acción. «Aguarda, querido» le respondo «porque acabo de descubrir que me he vuelto a desnudar».

Permanezco sentado en el borde de la cama durante un par de horas más, contemplando mi otro yo, ese ser irracional que me ha deseado y que ha sido el objeto de tantas fantasías. Como siempre, vuelvo a sucumbir a mi obsesión por encontrarme en todas las miradas. Los ojos, que deberían ser el reflejo del alma, son utilizados como espejos por las personas solitarias y sin estima. Todos, en el fondo, queremos vernos, encontrarnos y querernos desde una visión externa. Quizás rompemos la interna demasiado pronto…  


Jamás supe su nombre, de manera que lo llamé Aleixandre. Una de mis mayores aficiones, desde que aprendí a utilizar con agilidad mis cuerdas vocales, había sido siempre actuar como el censor de mi propia película. ¿Tú te llamas Manuel? le decía a un muchacho de constitución robusta que sólo me respondía con afirmaciones lacónicas. ¡Pues ya no! Ese nombre trae reminiscencias de un poeta falangista al que nunca he tenido en mucha estima; a partir de ahora te llamarás Antonio, como su hermano. Quería creerme Dios, y cierto es que, nominalmente, lo era.

Mi primera palabra, por extraño que parezca, no fue la típica de “mamá” o “papá”. Yo, riendo jocosamente, me dirigí a mi progenitora, con la inocencia que caracteriza a todo niño en sus primeros años de vida, y la sentencié: “mapamá”. Desde entonces, siempre la llamaría así. A mi padre, que en paz descanse, también le cambié el nombre: “pamapá”. Ellos, en aquel momento, se reían igual que se ríen todas las familias de esas tonterías innatas que hacen los bebés. Lo que no sabían era que aquellos nombres ya no se borrarían de mi cabeza y me acompañarían durante toda la vida, hasta despedirlos en la tumba. Poco a poco, cada palabra que aprendía la deformaba hasta adaptarla a mi propio diccionario. ¡No, mapamá, eso no es un perro, es un guaburrum! ¡Y eso no es una escuela, es una alfarabía! ¿Me compras un coligio, en vez de un helado? ¡Hoy he aprendido a estraflar, lo que tú llamas escribir!

A los 15 años, ya tenía la colección de palabras inventadas más grande del mundo. Cuando alguien lo comentaba con su típico tono irónico, yo reprochaba: ¿pero acaso no son todas las palabras inventadas? Y así los dejaba en una reflexión existencial de carácter prácticamente nitzscheano.

Obviamente, todo el mundo me creía loco. Nadie me entendía cuando me expresaba con mi propio vocabulario, pero yo me negaba a hablar en sus idiomas convencionales y arbitrarios. Las personas que debían tratar conmigo asiduamente (mis familiares, profesores, etc) se elaboraron un diccionario impreso para poder descifrar cada mensaje que partía de mi boca o de mis manos, en un intento desesperado por entender la comunicación. Todo el mundo me rechazó siempre; al principio, algunos incluso mostraban curiosidad, pero poco después iban alejándose, al mismo tiempo que me miraban con desprecio desde la lejanía.

Sin embargo, él fue la única de mis creaciones que jamás renegó de la esencia que le otorgué. La primera vez que lo vi, en la biblioteca Jaume Fuster, pensé que era más guapo de lo que podía permitirse. Entraba, en mi clasificación aristotélica, dentro de ese grupo de chicos que explotan su belleza corpórea hasta sobrepasar sus propias posibilidades. Al pasar frente a mí, su mirada cerúlea recorrió mi silueta con parsimonia; sin prisa, pero tampoco con calma. No negaré que lo que más me llamó la atención fue una sonrisa de superioridad en la que sus colmillos reían más que su propia boca. Me gustó.

Cuando tuve la oportunidad de conocerlo mejor –aún sin haberle interrogado jamás por su nombre-, le asigné el apellido de mi poeta preferido. No suelo pensar racionalmente cuando le atribuyo a alguien una nueva esencia nominal; más bien dejo que esa palabra surja de mi irracionalidad y de mis instintos. Por este motivo, me sorprendió mucho que mi mente lo llamara Aleixandre, y así mismo se lo comenté. El ritual que acostumbro a seguir para la formación de cada palabra es tan trivial como la reproducción humana: las únicas irregularidades que puede haber son los juegos fonéticos y semánticos (aquí un hiato, en ese otro una aliteración y aquél con una pequeña metáfora), que tanto placer me transmiten. El mejor orgasmo morfológico se consigue con esos minúsculos juegos retóricos.


Quizás mi mente, en aquel momento, buscó conectar un placer físico con uno lingüístico. Y quizás eso actuó como catalizador del amor. “Si yo escribí «Se querían», tú tendrás que escribir «Las Nanas de la cebolla»”, afirmó con una sonrisa pícara y pueril. Hasta ahora, él ha sido la única persona que se ha atrevido a bautizarme, y con ello me ha enseñado lo bonito que es el mundo de la nomenclatura. Él, Aleixandre; yo, Hernández. Él, Vicente; yo, Miguel. Él, deseo; yo, desesperación. Desde aquel día, he querido atribuirle cada segundo un breve apelativo cariñoso que le cambiara la identidad, con el único objetivo de atraparlo entre mis redes. Pero entonces supe que no sólo quería hacerlo mío, sino que él, con el cambio de identidad, me había hecho suyo.  


L’últim petó va ser àcid i violent, com un suc de llimona en un estiu moribund. Fou, tot i així, refrescant. I sabent que era l’últim, que ja no n’hi hauria cap més, me'l vaig guardar i el vaig convertir en corbata, i ara porto cada dia el teu petó posat. 

És groga amb ratlles caquis i no puc evitar pressumir d'ella quan algú comenta la meva vestimenta. 'T'agrada?" els hi dic. "És d'importació, de seda de la Golconda" menteixo, sense arribar a creure-m'ho jo mateix. Quan ho dic, sé que tothom s'imagina una pluja d'homes amb barret, a l'estil de Magritte, mentre jo rememoro un singular petó. 

Ara, encara alguns dies m’oblido la cartera o un mitjó o fins i tot els pantalons, però mai més se m’oblidarà la corbata, que porto sempre tan a prop del cor. Vesteix petons, oblida-te’n de la roba. 

La orden más inflexible que recuerdo de mi infancia la visualizo en boca de mi padre. Con arrugas en la frente y un par de huecos entre los dientes, profería: “¡Ni se te ocurra hablar con desconocidos!” Ahora, muchos años después, comienzo a entenderlo todo. Tú podías ser uno de esos extraños a los que yo buscaba desesperadamente en mi intento de romper las normas…

Es curioso; nadie piensa que el amor de su vida fue, tiempo atrás, un desconocido. Yo, sin embargo, no puedo evitar pensarlo en mi anhelo de retroceder, de expulsarte de mi vida y volver a un tiempo en el que era feliz. Nadie piensa que, al abrirle su mundo a alguien, esa persona puede convertirse en su sol. Supongo que las cosas pasan, sin más. Por eso, al hacernos mayores, comenzamos a hablar con desconocidos. Y sin miedo, que ya es mucho decir.

Yo aún no te he perdido el miedo, pero voy a intentar eso de hablar con extraños. Comenzaré dándole una oportunidad a este desconocido que soy yo mismo. Quizás hay suerte y resulto ser el amor de mi vida.  
Era lunes, aunque podría haber sido domingo.
Llovía a cántaros bajo un cielo tapizado.
El cadáver de un perro decoraba el andén
de una estación abandonada, donde sólo
se oía el eco de un adiós lejano.
No estabas, pero aún sentía tu olor
impregnado sobre mis manos,
y tu tacto dudoso sobre un jersey vacío.
“Tren sin parada, rogamos no se acerquen
   al borde del andén”; oigo voces,
 pero no son la tuya.
Y en la lejanía, el susurro de una locomotora
que me seduce sin palabras. Pálidas estrellas.
 No estabas, pero aún quedaba el recuerdo destrozado
de un templo, unas columnas, y un beso del ayer.
No estabas, pero la herida escocía.
No estabas. Jamás estuviste a mi lado.
Y yo seguía vivo, aunque podría haber estado muerto.


Personas que vienen y van
y lágrimas que afloran
cada mañana al despertar.
Personas que son y están
y una nostalgia, vieja amiga,
que vuelve sin preguntar. 


Elegía a 2015

Canté versos sonoros; metálicas campanas
entre armas y oraciones lloraron por los dioses.
Jamás quise perderte, mas tú, breve palabra,
escasa cifra aciaga, fundiste día y noches.

Canté ilusos sonetos; pasaron las semanas
de jade primavera a fresas y quijotes.
¿Quijotes? Sólo mienten, como hélices y espadas:
heridas que se mofan de necias decisiones.

Juré saltar montañas y amé rediles huecos;
pero hice mi esperanza de frágiles cristales,
¿por qué, si no, te quise, dañando honor y sueños?

Juré vivir sin nadie, mirar con ojos ciegos
las trágicas comedias de guerras y otras paces.
¿por qué, amor, viniste, creando tantos miedos?

Soñé tanto contigo
que ahora tengo
insomnio;

perdí tantas noches
pensando en tus labios
que ahora me pierdo
al sentir tu vacío;

conté tantas estrellas
y pedí tantos deseos
que ahora ya no creo
ni en el cielo,
ni en la suerte,
ni en el sueño. 




A veces, la mejor
despedida es
no despedirse.
O no irse.


Personas enamoradas, desnudas,
que miran cada noche el cielo,
sin pensar en el aspecto incierto
de la cara oculta de la luna.